¿En qué momento una organización decide que es mejor estar tranquila que estar viva?
La tolerancia a la mediocridad no es solo un problema ético: es una decisión estructural

No suele ocurrir de golpe.
No hay una reunión donde alguien levante la mano y diga “aceptemos la mediocridad”. Ocurre de manera más silenciosa: cuando el roce empieza a verse como amenaza, cuando la fricción se interpreta como deslealtad, cuando el conflicto deja de leerse como señal y pasa a tratarse como peligro.
La mediocridad rara vez se instala por falta de talento.
Se instala porque los sistemas la permiten, la normalizan o la protegen.
Cuando una organización tolera de forma sostenida a quienes no aportan —no por incapacidad transitoria, sino por desinterés, acomodación o resistencia al cambio— no está fallando solo en el plano moral. Está tomando una decisión estructural: está definiendo qué nivel de desempeño considera aceptable, qué costos está dispuesta a asumir y qué futuro está dispuesta a hipotecar a cambio de una estabilidad inmediata y frágil.
No intervenir no es neutralidad.
Es una forma de gobierno.
Por qué los sistemas protegen al que no rinde
La mediocridad persiste porque, en el corto plazo, reduce fricción.
Exigir desempeño incomoda. Tensiona vínculos.
Obliga a conversar lo que nadie quiere conversar. Y, sobre todo, expone liderazgos débiles: aquellos que prefieren administrar climas antes que conducir procesos.
En muchos sistemas, la paz interna se vuelve un valor en sí mismo. No como resultado de un buen funcionamiento, sino como objetivo prioritario. Se confunde estabilidad con salud organizacional, silencio con alineamiento, ausencia de conflicto con madurez. Pero esa tranquilidad suele tener otro nombre: sumisión, miedo o cansancio acumulado.
La fricción no aparece porque alguien sea problemático. Aparece porque hay desajustes: roles mal definidos, estándares difusos, expectativas no dichas, desempeños que no están a la altura de lo que el sistema exige para sostenerse. Cuando esos indicadores se leen como amenazas y no como señales, el sistema no corrige: se defiende.
El resultado es predecible: organizaciones donde quien empuja incomoda, donde exigir es visto como agresión, donde el compromiso alto se castiga con más carga y el bajo desempeño se tolera para no “romper el clima”. En ese escenario, el que no aporta no genera conflicto; el que sí, se vuelve un problema.
La protección del bajo desempeño no es casual.
Es funcional a estructuras que temen decidir.
El costo oculto de no decidir
El daño que produce la mediocridad tolerada no suele ser inmediato ni espectacular.
No hay quiebres abruptos ni colapsos visibles. Lo que hay es algo más difícil de detectar y, por lo mismo, más peligroso: un deterioro progresivo.
Primero se desgasta el equipo competente; y no porque pierda capacidades, sino porque pierde sentido, pierde horizonte de lo que hace. Es más, y cabe decirlo: cuando el esfuerzo adicional no tiene efecto, cuando la exigencia no distingue, cuando aportar más no cambia nada; el engagement se diluye, comienza a retraerse.
No por desidia, por autodefensa.
Luego aparece la desmoralización silenciosa.
Nadie lo dice abiertamente, pero todos lo saben: da lo mismo. Da lo mismo prepararse más, exigir más, cuidar el detalle. El mensaje implícito se vuelve claro: el sistema no diferencia. Y cuando un sistema no diferencia, aplana; nivela hacia abajo.
Con el tiempo se pierden los estándares; y no porque estos se declaren obsoletos, sino porque dejan de sostenerse en la práctica. Lo excepcional se vuelve incómodo. Lo mínimo se vuelve suficiente. La mediocridad deja de ser una excepción tolerada y pasa a ser la norma operativa. Desde ahí se actúa, se reacciona.
El costo de este proceso no lo paga una abstracción llamada “organización”. Lo pagan personas concretas; lo paga quien sí cumple y termina cargando con el trabajo de otros. Lo paga quien quiere crecer y descubre que no hay espacio real para hacerlo; y con ello, impacta en el resultado final volviéndose plano y frágil.
No decidir a tiempo convierte un problema puntual en cultura.
Así, lo que no se corrige, enseña.
Y la mediocridad tolerada no se queda quieta.
Se expande.




