

Esto no ocurre solo en ventas. También se ve con claridad en áreas operativas. Equipos a los que se les exige producir más, más rápido, con menos margen, sin haber revisado cuellos de botella, flujos reales o capacidades instaladas. Se pide eficiencia sin rediseño. Se exige velocidad sin haber asegurado condiciones. El resultado es predecible: errores que se multiplican, reprocesos, desgaste físico y una cadena de fallas que luego se atribuyen a “falta de compromiso”.
La presión constante tiene un efecto engañoso: simula movimiento. Da la sensación de que algo está pasando, de que se está empujando fuerte. Pero ese movimiento no siempre es avance. Muchas veces es solo agitación. Y la agitación, sostenida en el tiempo, no mejora los resultados: los desordena.
Cuando la urgencia ocupa el lugar del criterio, las decisiones se achican. Se deja de pensar en procesos y se actúa por excepción. Se gobierna a punta de parches. Se corrige lo inmediato y se posterga lo importante. El sistema entra en un modo defensivo donde todo es respuesta y nada es diseño.
Aquí aparece un daño más profundo: la relación entre las personas y el trabajo se degrada. No porque el esfuerzo sea alto, sino porque no se entiende su sentido. Trabajar bajo presión permanente no construye carácter ni desempeño; construye fatiga. Y la fatiga prolongada no eleva estándares: los erosiona.
La exigencia verdadera necesita pausa. Necesita lectura. Necesita saber cuándo apretar y cuándo rediseñar. Cuando eso se pierde, la organización confunde intensidad con seriedad y velocidad con eficacia. Como querer un Ferrari sin mirar ingresos: no es ambición, es ilusión mal gestionada.
Ningún sistema mejora por empujar más fuerte lo que ya está mal orientado.
La urgencia puede movilizar en el corto plazo, pero sin criterio termina cobrando su precio: decisiones pobres, equipos agotados y resultados cada vez más frágiles.




